Robert Mapplethorpe, Self Portrait with Whip, 1978. Imagen de: MutualArt.com
Su recuerdo me invade, me inunda y atraviesa, impulsándome a cuestionar mis más arraigadas certezas respecto del amor, el deseo y el placer. Jamás pensé que mis convicciones se verían fracturadas por una superficie de 19.7 x 19.7, por la imagen de un desconocido exhibiendo sus nalgas. Una presencia masculina irreverente que me pareció perfecta y deseable desde un primer vistazo, aunque nunca me hubiera sentido atraída por personas que no conociera, incluyendo a una lista de actores y cantantes cuya belleza se considera de común acuerdo.
¿Cómo es que este hombre semidesnudo, arqueando su cuerpo en una torsión obscena podía haberse convertido en el catalítico de cientos de fantasías sin precedentes? Sobre todo considerando que la primera vez que lo vi fue en una visita al Museo del Arte Prohibido, acompañada de un grupo de estudiantes cuyos rostros al ver la serie de imágenes pornográficas del álbum X delataba su repudio. Creo que el conjunto de imágenes fue la única pieza que disgustó al total de los asistentes de la visita, menos, claro está, a mi.
Supongo que mis previos acercamientos a ciertas obras de arte contemporáneo (particularmente a las que se incluían en la monografía del chileno Victor Hugo Bravo) me habían insensibilizado ante el impacto de las fotografías sexualmente explícitas. En el Museo del Arte Prohibido, avancé por las 20 fotos de Robert Mapplethorpe con curiosidad, intriga y respeto, preguntándome por el funcionamiento de la excitación producida por la inserción de la punta de un pie en un ano, o un dedo meñique en el agujero del pene.
Mi interés fluctuaba en un mesurado vaivén hasta percatarme de la última imagen: Self Portrait with Whip 1978: la imagen del mismo Mapplethorpe semidesnudo, captado de espaldas y volteando la cabeza hacia el espectador, perforándolo con su mirada. Me quedé observando la foto durante un instante, completamente absorta en ella. A pesar de mi fascinación por aquel desconocido, aparté mi vista de la foto en forma apresurada, dejando que mis compañeros del curso se acercaran a observar las imágenes. Ninguno de ellos se detuvo por más de unos segundos, frunciendo el ceño y arqueando los labios en señal de disgusto. Una vez que todos mis compañeros terminaron de pasar, yo volví frente a la imagen por algunos segundos más.
Continué la visita guiada con el resto del grupo, sin volver a pensar en la foto hasta esa noche. Ni siquiera fui capaz de recordar el nombre del fotógrafo, pero recordaba que el conjunto de obras se titulaba X álbum, un conjunto de 20 impresiones en gelatina de plata que había generado amplia controversia durante la exhibición itinerante The Perfect Moment. La exposición, financiada por el National Endowment for the Arts (NEA), fue cancelada en algunas ciudades de Estados Unidos, citando la preocupación de conservadores por el uso de recursos públicos en un tipode manifestación artística que rayaba en la pornografía.
Dentro del conjunto de fotografías, Self Portrait 1978 podría ser considerada una de las más inocuas, puesto que a diferencia de otras imágenes, no se trata de un primer plano a los genitales del sujeto retratado. Se trata de una fotografía de un hombre completo: un cuerpo que remarca su identidad mediante la completa seguridad de quien lo habita en plenitud.
Las dos piernas del modelo se encuentran flectadas con la rodilla izquierda más arriba que la derecha, elevándose al estar apoyada en un mueble cubierto con una sábana blanca. Sus pies calzan botas vaqueras de cuero, material que también cubre su espalda baja y tronco superior mediante una faja y un chaleco de vestir. El traje pareciera prolongarse desde su interior: una tira trenzada asoma del ano y se enreda en su mano derecha. El brazo flectado en forma de L y el codo hacia arriba. En diagonal se observa su rostro con una expresión desafiante que pareciera conjugar sumisión y preeminencia.
Sus cejas permanecen ligeramente arqueadas, con el dramatismo propio de quien se sabe observado, profundamente consciente del deseo que provoca. Su mano izquierda aparece por debajo de su barbilla, acercándose a ella sin tocarla. Los dedos flectados hacia atrás en forma de garra, potenciando la bestilaidad teatral sugerida en la cola de látigo.
El reflejo de su sombra se extiende sobre el suelo de madera, reptando por entre los tablones, y convirtiéndose en una presencia que se apodera de la escena. Ofreciéndole el culo al espectador, con el cuerpo agachado, Mapplethorpe se presenta como un hombre sumiso, pero la firmeza de su mirada no me permite creérmelo del todo. Al final del día él es quien nos invita a participar de su juego: un espacio avasallador de fantasía abierto y pulsante. El látigo no está siendo sostenido por el sujeto en una postura activa, pero sí se encuentra dentro de su mano, sugiriendo que podría ser él quien tome la iniciativa.
Un hombre armado (que se sostiene en el cómo se arma), tremendamente presente que destila un magnetismo feroz. Es precisamente eso lo que me termina por volver loca, aunque sea una mujer aburridamente tradicionalista. Me encanta todo eso que Robert Mapplethorpe saca de mí, cómo me envuelve y excita, recordando que estoy viva. Él ya habita su cuerpo con una libertad que me desarma. Quizás por eso confío: porque intuyo que, al mirarlo, puedo empezar a aprender a hacer lo mismo. A soltarme, fluir, jugar y sentir.