Quizás fue la luz la que me impulsó a acercarme al cuadro como un mosquito a una farola. O tal vez fue la serenidad en el rostro de la mujer. Su expresión de paz interior distorsionada en una especie de éxtasis alienado. Tal vez fue eso mismo lo que me atrajo, impulsada por la ilógica necesidad de salvarla de su cautiverio. Detrás del cristal, la mujer aparecía desconectada del mundo, y sin embargo conectada a la corriente de la sala.

Cual cordón umbilical oscuro, un cable conectaba su micro mundo a aquel que la rodeaba. El flujo eléctrico la unía también con otros seres en la misma situación. Habitantes de la Matrix o un Mundo Feliz, en un estado de dicha aislada. Embriagados por sus soledades colectivas e inmersos en una ilusión de comunidad. Trazos luminosos cruzaban sus rostros como venas de energía cósmica, pero no eran más que el brillo de un simulacro: adornos de un éxtasis digital sobre carcasas antropomórficas.

Diego Moya, vista de instalación serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026.
Diego Moya, serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026. Foto: Diego Moya.

Al lado izquierdo de la chica serena se encontraba otra mujer aún más ausente. Su expresión revelaba que ya había asumido por completo su condición de espectro, una santa secular coronada por una aureola congelada. Los trazos luminosos que surcaban sus facciones —falsos impulsos de una mente ausente— delineaban el engaño de su existencia. Un niño y un bebé completaban la escena, garantizando la transgeneracionalidad del Mundo Feliz.

Actuando como plataforma de proyección de rostros, las cajas de luz se transformaban en vitrinas personalizadas, resguardando metonimias de una existencia devorada por el deseo. Cada cuadro se exhibía como parte de una secuencia interrumpida por dos paisajes que contextualizaban la escena: una constelación imaginaria y tres huellas de manos captadas en la bruma. El primero sintetizaba vastas conexiones digitales que los colonizados leían como estrellas, sin poder distinguir su centelleo del de las luces que notifican un mensaje en el móvil.

El otro paisaje evocaba el rastro de manos humanas en el vapor de un espejo, aparecido como un mapa borroso de lo que apenas se intuye. El rastro no solo revelaba la inaccesibilidad de los colonizados a la realidad física externa a su micromundo, sino también a las imágenes que surgían en sus propias subjetividades. En ese velo de condensación, la luz se entrelazaba con las tinieblas de la materia oscura, cargada de latencias y posibilidades que la fatiga visual prolongada no les permitía ver.

Junto al paisaje brumoso, una chica enmudecida y un ser elemental con rostro de flama se instalaban como vigías apáticos. Los labios de ella aparecían rodeados por una aureola resquebrajada, graficando la densidad del cristal que la preservaba, quizás en un intento por alcanzar la vida eterna. A su lado, los labios del ente se mostraban atravesados por caudales sinuosos, corrientes de datos como abstracciones resplandecientes que se acumulan en expedientes de vigilancia.

Diego Moya, serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026. Foto: Diego Moya.
Diego Moya, serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026. Foto: Diego Moya.

La línea de avatares se cerraba a ambos costados con dos presencias radicalmente trastornadas, albergadas en vitrinas más amplias que simulaban una atmósfera de expansión creativa. Tras esa fachada se camuflaban los impulsos de un ingenio desquiciado, estimulado por un carnaval rebosante de puntillismo lumínico y fuegos de artificio.

El rostro de uno de los personajes lo delataba preso de la paranoia o del estupefaciente. El otro emergía como un payaso espectral, cuya mueca intensificaba la miseria inscrita en sus párpados. Esta cabeza borradora había trascendido el éxtasis común para asentarse definitivamente en la demencia. Al frente, el reflejo del cristal duplica sus pupilas brillantes como perforaciones que exponen un alma calcinada. Destellos emitidos por tecnologías zombie en su intento por resucitar la ilusión opacada.

El conjunto operaba como una radiografía colectiva compuesta de bitácoras personales. Luces blanquecinas se proyectaban sobre un fondo opaco para exponernos aquello que permanece imperceptible al ojo desnudo; destellos que buscan revelar una verdad oculta y, al mismo tiempo, rebelar a estos habitantes colonizados de su sometimiento (in)voluntario. Con el fin de la instancia expositiva, los avatares serán desconectados de la Matrix.

Quizás, ese sea el momento en el que nos toque a nosotros despertar de este sueño esclavizante.

Diego Moya, serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026.
Diego Moya, serie Colonizados en Orbital, Museo La Neomudéjar, Madrid, 2026. Foto: Diego Moya

Colonizados

Autor

Victoria Abaroa Cajiao

Fecha de publicación

07 - 03 - 2027