En su edición 2025, la Bienal SACO reafirma su profundo vínculo con el desierto de Atacama, un territorio que ha cautivado a su directora durante más de dos décadas. En esta ocasión, el evento internacional se adentra en los límites de lo posible a través de propuestas inspiradas en los extremófilos, desafiando las fronteras del pensamiento para vislumbrar futuros que hoy parecen inimaginables.


A los 15 años, la artista visual polaca Dagmara Wyskiel tomó la decisión de matricularse en una escuela secundaria con clases intensivas de español. No sabía exactamente por qué, pero sentía una fuerte atracción por el idioma. Esa elección, aparentemente casual, marcaría su futuro. Hoy, Dagmara suma dos décadas como habitante de la región de Antofagasta, un territorio del que se ha enamorado profundamente. La ausencia de espacios dedicados a la educación y circulación de la producción artística en la zona la impulsó a fundar SACO, actualmente reconocida como una de las iniciativas artísticas más influyentes de Chile.

Iniciado como una modesta semana del arte, el proyecto ha crecido exponencialmente, atrayendo a artistas de todo el mundo para desarrollar propuestas profundamente enraizadas en el paisaje desértico. Este entorno, un estímulo constante para las mentes creativas, ha sido el eje inspirador de SACO a lo largo de sus 12 ediciones, dando vida a diversos proyectos surgidos como respuestas a una convocatoria de gran alcance.

Sin exceder la extensión de una página y media, el texto curatorial de cada versión de SACO actúa como su núcleo vital, estimulando la creación artística de quienes responden a la convocatoria. La duodécima edición del festival, titulada Ecosistemas oscuros, se basa en la biosfera oscura, un territorio subterráneo habitado por los poliextremófilos, organismos capaces de prosperar en condiciones extremas y potenciales colonos de Marte.

Enfrentándose a los múltiples desafíos del desierto, los extremófilos se perfilan como un modelo de resiliencia para el futuro de la humanidad. SACO convoca a los artistas a trascender lo convencional y utilizar el desierto como un laboratorio para imaginar utopías. Entre junio y septiembre de 2025, la bienal se desplegará en la región más árida del mundo, inaugurando proyectos que conectan las artes visuales, las ciencias, el territorio y sus habitantes.

Dagmara Wyskiel, Juego Mixto, 2016. Valle de los Meteoritos, Quillagua, Región de Antofagasta, Chile. Cortesía de la artista

Llevas décadas viviendo en el norte y, según he leído en entrevistas, consideras que el desierto es como un templo contemporáneo. Esa idea pareció hermosa, y me gustaría que la pudieras desarrollar un poco más desde tu experiencia personal con el territorio.

Es una historia larga, pero podría decirse que todo comenzó por mi interés, desde muy chica, por hablar español. A los 15 años elegí un colegio de enseñanza media que ofrecía clases intensivas del idioma, lo cual resultó ser crucial para el efecto dominó que me llevó al lugar donde vivo hoy. Más adelante, se establecieron intercambios culturales entre la Universidad de Bellas Artes en Cracovia y Chile, y fue entonces cuando el profesor polaco Guroski viajó a Chile a dictar talleres.

Durante su estancia en La Serena, recibió una carta en español de una alumna chilena fascinada con su obra. Como el profesor no hablaba español, me pidió que la tradujera y respondiera. Al escribirle a la remitente, además de agradecer su carta, le comenté que estaría interesada en ir a estudiar un semestre a Chile. Ese intercambio, completamente autogestionado porque no existía un programa oficial entre Chile y Polonia en ese momento, marcó el inicio de mi experiencia en este territorio.

Cuando crucé el desierto en ese primer viaje, sentí miedo, pero también una atracción especial. Era un territorio tan visualmente poderoso, tan versátil y diverso, que no podía creer que no existiera un espacio institucional dedicado al desarrollo creativo y visual. Para mí, eso estaba claramente relacionado con decisiones políticas. Nací y crecí al otro lado del muro, en un lugar donde la accesibilidad cultural era una realidad cotidiana, no un eslogan político.

En mi barrio había casas de la cultura con talleres, cursos, cine para niños y otras actividades accesibles para todos. Cuando llegué a Chile, la falta de accesibilidad a los bienes culturales me afectó profundamente, llevándome a querer instalar un núcleo de desarrollo cultural reflexivo en el desierto. No porque fuera «exótico», sino como un gesto artístico, ético y político. Para mí, desarrollar SACO es una forma de confrontar lo que más me duele e incomoda de Chile y Latinoamérica.

João Paulo Racy, Redacciones territoriales, 2023. Instalación en Parque Cultural Ruinas de Huanchaca y vallas publicitarias sector La Chimba, Antofagasta, Chile. Foto cortesía de Bienal SACO.

Aunque he escuchado sugerencias de desarrollar la Bienal en Santiago, nunca he pensado hacerlo. SACO es el centro de atención ambulatoria del arte en un territorio árido, y eso es lo que le da valor. Me siento más cercana a una doctora de un centro rural que a la directora de un museo en la capital.


Algo que me llama mucho la atención sobre la bienal es que la postulación no exige formación académica.  ¿Cómo crees que, a lo largo de su trayectoria, SACO ha logrado abrir espacios en Chile donde personas sin formación académica en arte puedan ingresar y visibilizar su trabajo?

Es, de alguna manera, la consecuencia lógica de lo que mencionaba antes. ¿Qué sentido tendría en un territorio como este —que no se limita solo a Antofagasta, sino que abarca una extensión de casi 3.000 kilómetros entre Valparaíso y Arequipa— exigir formación académica en arte? Recordemos que en todo ese vasto territorio no existen escuelas de arte, fotografía, cine, ni nada similar. Esa falta de acceso en un territorio tan extenso y relegado históricamente al servicio de la industria es brutal.

En este contexto, el norte ha desarrollado una tradición histórica de autodidactas. Aquí, encontramos artistas que estudiaron diseño, arquitectura, periodismo, psicología, o incluso ingeniería en minas, porque no hay opciones específicas de formación artística. Es una situación trágica que refleja las múltiples ausencias de una institucionalidad que ha mirado hacia otro lado, perpetuando un sistema donde la gente no puede soñar demasiado ni aspirar a algo distinto de lo estrictamente productivo.

El mundo del arte sigue siendo profundamente elitista. Aunque se proclama inclusivo, en realidad circula entre los mismos espacios y escuelas de arte. La desconexión entre Santiago y las regiones es evidente incluso en los medios de comunicación, que suelen tratar lo que ocurre fuera de la capital como irrelevante. Aunque he escuchado sugerencias de desarrollar la Bienal en Santiago, nunca he pensado hacerlo. SACO es el centro de atención ambulatoria del arte en un territorio árido, y eso es lo que le da valor. Me siento más cercana a una doctora de un centro rural que a la directora de un museo en la capital.

PAŦRIA | Fernando Foglino en colaboración con Paula Carmona y Nicolás Cox de la Colectiva Poética de la Urgencia. Bienal SACO1.1, «Golpe», 2023, muelle de Antofagasta, Chile. Foto cortesía de SACO

Cuando camino con artistas que experimentan el desierto por primera vez, veo el brillo de fascinación en sus ojos, el mismo que tuve yo hace más de veinte años. Aunque sigo encantada con el desierto, es imposible mantener ese enamoramiento inicial. Sin embargo, conectarme con la emoción de los demás me permite revivir esos momentos de descubrimiento y admiración.


En una entrevista previa con Artishock mencionaste que, a partir del 2019, SACO se convirtió en una especie de moda. Sin embargo, ¿cómo dirías que han logrado mantener ese interés vivo y seguir creciendo? Este año, por ejemplo, recibieron una mayor cantidad de postulaciones en la convocatoria internacional respecto al año pasado.

Veo esto casi como una ola que va creciendo, un interés que se propaga boca a boca. Creo que los artistas, en el contexto global, necesitan contacto con algo profundamente auténtico, algo que no encuentran en las galerías, museos o en sus propios circuitos de arte. El mundo del arte en las grandes ciudades es inestable, no ofrece nada sólido a lo que aferrarse cuando alguien se siente perdido. En contraste, el desierto es una constante. Es un espacio que puede entregar equilibrio, tanto literal como simbólicamente, proporcionando un piso firme desde donde empezar a trabajar, presentándose como un lugar ideal para reconectarse con uno mismo, sea desde lo más ateo hasta lo más místico o religioso.

La mayoría de los artistas que nos visitan provienen de grandes ciudades, donde tienen abundante estimulación conceptual, pero carecen de momentos para ellos mismos. El desierto ofrece esa oportunidad: equilibra las escalas, algo que solemos perder en los espacios urbanos. En las grandes ciudades, los problemas pequeños se agrandan porque los vivimos en espacios reducidos. El desierto, en cambio, pone las cosas en su lugar, devolviendo las proporciones adecuadas. Allí, la tierra es vasta, el cielo está despejado y el sol te recuerda lo esencial de la vida. No hay especulación, solo realidad.

El desierto nos recuerda que no somos más que pequeñas criaturas intentando sobrevivir. Pero, al mismo tiempo, esta experiencia refuerza el valor de la vida, la capacidad de caminar, respirar y crear desde la sencillez. Cuando camino con artistas que experimentan el desierto por primera vez, veo el brillo de fascinación en sus ojos, el mismo que tuve yo hace más de veinte años. Aunque sigo encantada con el desierto, es imposible mantener ese enamoramiento inicial. Sin embargo, conectarme con la emoción de los demás me permite revivir esos momentos de descubrimiento y admiración.


Lo que me emociona especialmente de esta edición es la diversidad global que se refleja en la selección. Los siete artistas provienen de cuatro continentes, con representación de lugares tan lejanos como Mongolia y Nueva Zelanda. Esta diversidad geográfica, que abarca tanto perspectivas globales como locales, nos ofrece un diálogo inusual y enriquecedor.


¿Cómo fue el proceso de deliberación para seleccionar a los ganadores de la convocatoria internacional para Ecosistemas oscuros? Como ha sucedido en ediciones anteriores, se trata de un grupo de participantes muy diverso. Me interesa saber cómo abordaron criterios como género, edad y procedencia en la evaluación de los proyectos.

La deliberación fue intensa y apasionada, lo cual me genera mucha esperanza en el futuro del arte. A pesar de las dificultades del mundo actual, el poder defender proyectos con tanta dedicación es profundamente motivador, sin por ello dejar de ser altamente complejo. Este comienza con la etapa de admisibilidad, que evalúa la viabilidad de las propuestas para los espacios patrimoniales. Los proyectos invasivos quedan fuera. Luego, el jurado asigna puntajes de 1 a 10 a cada propuesta y selecciona hasta 60 semifinalistas, que se evalúan según currículum, calidad de la propuesta, relevancia para el entorno e impacto, y relación con el tema curatorial. Con estos puntajes se definieron los 29 finalistas. En la siguiente etapa, cada jurado defiende a tres artistas, tratando de convencer al resto de que deberían exponer en el muelle.

Lo que me emociona especialmente de esta edición es la diversidad global que se refleja en la selección. Los siete artistas provienen de cuatro continentes, con representación de lugares tan lejanos como Mongolia y Nueva Zelanda. Esta diversidad geográfica, que abarca tanto perspectivas globales como locales, nos ofrece un diálogo inusual y enriquecedor. Por ejemplo, tenemos un artista de Antofagasta, un lugar que históricamente ha enfrentado muchos desafíos para los creadores locales. Este contraste entre artistas de diversas partes del mundo, desde el desierto de Atacama hasta otras regiones del planeta, promete una propuesta muy atractiva para el público. Es una forma de «zoom out» y «zoom in», donde se combinan visiones globales y específicas, creando una experiencia única.

Dagmara Wyskiel en Desert Transformation Lab, Błędowska (Polonia)

Antes, cuando ni pensaba que me integraría al campo de la curaduría, leía textos curatoriales y me quedaba dormida. Pensaba que algo estaba mal conmigo, pero después me di cuenta de que muchas veces los curadores escriben para lucirse frente a sus colegas, sin siquiera pensar en los artistas, cuando la verdad es que el texto curatorial es para inspirarlos a ellos.


Eso me hizo recordar tu statement curatorial, disponible en tu web, que seguramente se manifestará en la Bienal de Cuenca de 2025, donde has sido invitada como co-curadora. ¿Cómo definirías tu estilo curatorial?

Creo que mi enfoque es particular porque mi primera carrera fue diseño industrial, entonces provengo de un mundo que trabaja con sus manos, con la materia, y hay que saber fundamentar cada decisión. En el diseño industrial nada es especulativo, un producto funciona o no funciona, y esa manera de reflexionar la he trasladado del diseño al arte, y luego a la curaduría.

Soy bastante pragmática, por lo que en mis textos curatoriales no trato de poner 1.500 citas de escritores, como pasa con Walter Benjamin. Ya estoy sospechando que, cuando no hay nada que decir, siempre se puede recurrir a él, porque siempre va a quedar bien. ¿Cómo Walter Benjamín puede más que un paracetamol?

Antes, cuando ni pensaba que me integraría al campo de la curaduría, leía textos curatoriales y me quedaba dormida. Pensaba que algo estaba mal conmigo, pero después me di cuenta de que muchas veces los curadores escriben para lucirse frente a sus colegas, sin siquiera pensar en los artistas, cuando la verdad es que el texto curatorial es para inspirarlos a ellos. Yo siempre he destacado como uno de mis éxitos más grandes el que una vez un artista me dijera que no pudo dormir después de leer un texto curatorial porque no paraba de imaginar ideas. Para mí, la metodología de funcionamiento de un texto curatorial es como la de un poema.

Justamente te quería preguntar cuánto te demoras en escribir los textos, porque son bastante concisos si se considera que organizas todo un festival en torno a ellos…

Experimento la escritura como un proceso muy lento; a veces redacto un par de frases y espero dos semanas antes de retomar el texto. No obstante, siempre estoy anotando ideas abiertas para la próxima edición, a ver si algún día miro con cariño un tema previamente desechado y lo retomo.

Recuerdo que en una charla de la Asociación Internacional de Bienales mencionaste el auge de la investigación sobre microbiología y los extremófilos. ¿Cómo se desarrolló finalmente la temática dentro de esta edición?

Fue a partir del cruce de las temáticas, tal como dices, que ya estaban circulando en el ambiente, pero también el momento de unir las piezas entre lo macro y lo micro, entre astronomía y microbiología, comprendiendo la interdependencia entre disciplinas, con los microbiólogos influenciando de manera directa aquellas zonas del universo que actualmente se investigan en búsqueda de la posible vida.

Hace un año aproximadamente me hice consciente de la interconexión entra las áreas de la ciencia dura, y me pareció que me demoré tanto en hacerlo porque nadie me presentó estos temas de alguna manera amigable o creativa. Los lenguajes utilizados por los expertos en el área son tan poco accesibles para nosotros que uno se demora mucho en comprender sus planteamientos. Una vez que por fin lo pude comprender sentí que mi misión era aproximar de manera mucho más interesante ese contenido al mundo del arte, especialmente a los artistas, logrando llegar al público general que visita SACO a través de sus producciones.

Uno de los artistas confirmados para esta edición es el chileno Coco González Lohse, quien llevará a cabo un proyecto en colaboración con el Liceo Experimental Artístico, incorporando por primera vez su espacio expositivo Waldo Valenzuela. ¿Me podrías contar más acerca de este proyecto y de sus expectativas, como Bienal, respecto al impacto de este proyecto en la comunidad escolar y local de Antofagasta?

Sí, Coco va a trabajar en un nuevo espacio para nosotros en el Liceo Experimental Artístico, que recientemente abrió una sala de arte con acceso directo desde la calle, lo cual tiene un gran valor local. Considerando que ese espacio representa el último nivel de educación en artes visuales en la ciudad, y que muchos de quienes se dedican al arte provienen de allí, estar presentes nos parece crucial.

Coco planea involucrar a profesores de diferentes áreas, no solo de arte, para recolectar elementos y vestigios que formarán parte de su propuesta artística, desde una mirada sensible al territorio. La inauguración incluirá un concierto de piano con una intervención sonora. El proyecto será de largo plazo, comenzando en marzo con un trabajo virtual entre artistas y profesores, recolectando objetos y significados. Cuando Coco llegue a Antofagasta, se diseñará la museografía, que incluirá sus obras y trabajo en las paredes. Estoy segura de que se generará una fusión increíble entre la comunidad de LEA y Coco, gracias a su calidez y entusiasmo. La exposición estará disponible durante toda la Bienal, en un espacio con alta circulación, lo que es invaluable para la visibilidad del proyecto.


Queremos promover un pensamiento más autónomo y maduro sobre nuestro territorio, reflexionando sobre la descentralización y la autodefinición de Antofagasta, con la cultura en el centro. Será un congreso experimental, sin presentaciones predefinidas, donde todos los participantes, incluyendo figuras políticas y empresariales, deberán responder a preguntas que nunca antes les han planteado.


¿Hay algún otro espacio nuevo que puedas adelantar para esta edición?

Sí, vamos a estar en la sala temporal del Museo de Salitre en María Elena, un espacio muy importante, por ser la última salitrera en funcionamiento. Allí se desarrollará la exposición de Isidora Correa, artista Doctoranda en Ciencia y Tecnología que fue seleccionada dentro de la línea de Geología de la convocatoria internacional de residencias del año pasado. Su proyecto involucra extremófilos vivos que se transformarán en parte de la obra, integrada en esculturas de vidrio con biolixiviación. También trabajará con el paisaje sonoro, haciendo de la exposición algo único y muy sorprendente, especialmente diseñado para este espacio.

En una conversación previa me estuviste comentando que otra de las novedades para esta edición sería un Congreso Regional con invitados provenientes de diversas áreas.

La idea del Congreso Regional nació de la necesidad de generar un espacio de diálogo entre actores de diferentes sectores, como el arte, la política, la ciencia y la industria, que a menudo viven en burbujas separadas. En la región, las iniciativas intersectoriales suelen ser impulsadas por el ámbito industrial, sin considerar la cultura como un actor relevante. Nuestro objetivo con este congreso es desafiar esa visión, poniendo el arte como anfitrión, estableciendo la metodología y las preguntas que guiarán el debate.

Queremos promover un pensamiento más autónomo y maduro sobre nuestro territorio, reflexionando sobre la descentralización y la autodefinición de Antofagasta, con la cultura en el centro. Será un congreso experimental, sin presentaciones predefinidas, donde todos los participantes, incluyendo figuras políticas y empresariales, deberán responder a preguntas que nunca antes les han planteado.

Oficina Salitrera Iberia (Ruinas de Mina Salitrera) – Región de Antofagasta, Chile. Foto: Osceola Refetoff

Estamos contribuyendo a cambiar la imagen de la región, no solo asociándola a la minería, sino también mostrando su riqueza cultural. La itinerancia invierte el orden tradicional: no es de Santiago a las demás regiones, sino desde Antofagasta al resto del mundo.


Para finalizar, me gustaría preguntarte por un balance, al cabo de tres años, del traspaso de formato de festival a Bienal. ¿Cómo has visto este cambio y su impacto en el trabajo de SACO?

El cambio a Bienal nos ha dado más tiempo para profundizar nuestros proyectos y conectar mejor con el territorio. Un ejemplo claro es Bienal en el Maletero, una iniciativa de realidad virtual que permite que las exposiciones circulen por comunidades, colegios y cárceles durante todo el año no bienal. Estas iniciativas, que parecen utopías, acercan la cultura a quienes no suelen tener acceso. Las obras que surgen a partir de investigaciones locales tienen un valor especial, porque la familiaridad del territorio permite que el público se conecte, incluso con obras complejas. Por ejemplo, si alguien ve el cerrito detrás de su casa en un videoarte, esa conexión hace que quiera entender más. A partir de ahí, el mediador puede profundizar sobre el concepto del artista.

Además, estamos contribuyendo a cambiar la imagen de la región, no solo asociándola a la minería, sino también mostrando su riqueza cultural. Finalmente, nuestra itinerancia invierte el orden tradicional: no es de Santiago a las demás regiones, sino desde Antofagasta al resto del mundo.

Dagmara Wyskiel: Saco Es Una Forma De Confrontar Lo Que Más Me Duele E Incomoda De Chile Y Latinoamérica

Autor

Victoria Abaroa Cajiao

Fecha de publicación

27 - 01 - 2025