Sencillos, directos y evocadores de serenidad, los grabados de Eduardo Vilches reflejan la memorable personalidad del artista. Hasta el 7 de julio, setenta de sus obras se exhiben en las paredes del MAVI UC, transformando el museo en un espacio notablemente acogedor. Cada grabado captura la esencia del reconocido maestro, quien no solo ha dejado una profunda huella en la historia del arte nacional, sino también en la vida de cada uno de sus alumnos.
Un silencio casi absoluto se extiende por más de tres minutos. La cámara se desplaza en un paneo diagonal, captando la luz que se filtra por entre las hojas del árbol que se encuentra frente a ella. El cantar de los pájaros, junto al sonido del viento y el susurro de las hojas mecidas por este, son de los pocos sonidos que se cuelan en el video. Luego de dos minutos de filmación, la respiración pausada de un hombre se hace perceptible en el ambiente, integrándose al conjunto de estímulos auditivos que habitan el silencio, sin interrumpirlo.
El hombre aparece como una figura solitaria, sentada en una banca, observando el paisaje a su alrededor. Árboles y plantas que se despliegan en pantalla, cuyas verdes tonalidades contrastan con el negro de la boina y la parka del observador. Al igual que ocurre en el plano sonoro del video, el personaje habita la imagen sin perturbarla, preservando la quietud de la escena. Es más, su actitud contemplativa pareciera intensificar el ambiente de silencio, trascendiendo la pantalla, para englobar al espectador en aquel paisaje idílico.
El brazo del artista descansa cómodamente sobre un bastón de madera, que más tarde lo acompañará al descender una pequeña colina. Su caminar es notablemente lento, pero su cuerpo parece no tener apuro. Se desplaza como si fuera capaz de sacar provecho de las limitaciones de su andar, desafiando el ajetreo de la vida cotidiana. Esta misma calma se manifiesta más tarde cuando comienza a hablar, empleando un tono de voz suave que se articula mediante un ritmo pausado.
Las imágenes se proyectan en una pantalla al final del recorrido de la exposición de grabados de Eduardo Vilches (Chile, 1932) en el Museo de Artes Visuales (MAVI UC),que ha sido curada por el artista y profesor Cristián Silva. El documental, encargado al cineasta Ignacio Agüero para acompañar la muestra, fue realizado en enero de 2024 en la casa del artista, en Llaullao, Chiloé. La pieza audiovisual captura la esencia y la psicología del artista, reflejándose en los aspectos formales de las imágenes.
La exposición Eduardo Vilches: Grabados (1960-1974) presenta obras recientemente adquiridas por la Pontificia Universidad Católica de Chile, institución a la que pertenece el museo y donde el artista fue profesor hasta los 90 años. Aunque Vilches dejó la docencia en 2019, cada encuentro con él sigue siendo una experiencia vital, auténtica y enriquecedora.
RECUERDOS DE DOCENCIA
Una inusual sensación de taquicardia invadió Eduardo Vilches ese día de 1959, mientras se preparaba para su primera clase de grabado en una de las salas del Campus UC. La oportunidad de unirse al cuerpo docente de la Universidad Católica se dio por invitación de Nemesio Antúnez, luego de que el emblemático Taller 99, del que fue fundador en 1958, se trasladara al campus de Lo Contador.
Ese mismo año, Eduardo Vilches había ingresado al taller de acuarela de Nemesio Antúnez por descarte, después de que se cancelara el curso de xilografía en el que se había inscrito previamente. Fue su tía quien lo motivó a asistir al taller de Antúnez, llegando incluso a prestarle una hermosa caja de acuarelas de dos pisos.
Pero lo cierto es que Vilches no tenía ningún interés en la pintura con acuarela; la encontraba demasiado “aguachenta». Sus obras se definen más bien por la contundencia visual que aportan los colores sólidos, lo cual explica su escasa producción de grabados en metal durante su paso por el Taller 99.
— Yo mismo descubrí que la xilografía era plana, y eso me iba a servir para trabajar con las formas, que era lo que me interesaba.
La austeridad de la técnica de Vilches también se refleja en el uso del blanco y negro en sus grabados, una característica que persistió incluso después de 1960, cuando comenzó a estudiar color en Estados Unidos, motivado por Sewell Sillman, discípulo de Josef Albers en la Bauhaus. Sillman alentó a Vilches a solicitar la beca Fulbright y, para sorpresa de ambos, fue aceptado en Yale, donde Sillman impartía clases.
Dos años después de regresar de Estados Unidos, Vilches comenzó a enseñar en la Universidad Católica, donde sus alumnos lo desafiaron por su enfoque austero en el uso del color, bromeando sobre la aparente contradicción entre sus palabras y sus acciones. No obstante, podría argumentarse que es precisamente su profunda comprensión del color lo que lo lleva a elegir el blanco y negro en sus grabados.
Vilches sabe que esta elección le permite enfocarse en la forma, ya que el cerebro procesa mejor las imágenes simples de alto contraste. Él mismo se define como un artista gráfico. Esta perspectiva se refleja en la mesa de documentación que marca el inicio del recorrido de la exposición en el MAVI UC, la cual incluye afiches publicitarios, así como cubiertas de libros y revistas diseñadas por Vilches.
Entre estas, destacan las portadas de la revista Panorama Económico, donde se muestran tres triángulos cuya disposición varía en cada ejemplar, demostrando la capacidad del artista para innovar mediante la reordenación de elementos. Este ingenio también se refleja en la labor social desarrollada en los talleres de grabado que realizó en 1970, donde utilizó matrices de cartón y lápices bic en lugar de herramientas profesionales.
Durante ese año, el departamento de comunicaciones de la Universidad Católica lanzó un programa llamado Nueva Pedagogía, en el cual el profesorado podía inscribirse para desarrollar iniciativas de ayuda social relacionadas con sus áreas de conocimiento. Consciente de lo difícil que podría ser captar el interés de adultos por el arte, Vilches concibió un taller de grabado para niños, presentándolo como un juego para facilitar su participación. Esta idea fue influenciada por los talleres previos organizados por su esposa, Alicia Vega, cuya labor social fue documentada por Ignacio Agüero en el filme 100 niños esperando el tren.
El video relata la experiencia de un grupo de niños de bajos recursos que se incorporan a un taller de cine dirigido por Alicia Vega. En la escena inicial, la mayoría de los niños admite nunca haber ido al cine, escribiendo esta confesión en papel según la indicación de la profesora. Alicia les asegura que eso cambiará, que comenzarán a ver películas juntos todos los sábados en el taller.
El documental intercala imágenes de las sesiones del taller con entrevistas a los niños y sus familias, revelando no solo detalles sobre su vida diaria, sino también el impacto positivo que los talleres han tenido en ellos. Así, adultos que nunca se habían acercado a la historia del cine comienzan a familiarizarse con los términos aprendidos por los niños en el taller.
En una escena del documental, Alicia está parada frente a una capilla junto a un sacerdote. Lo que inicialmente llamó la atención de Vilches sobre su esposa fue su personalidad risueña, una cualidad poco común en su familia.
— Con la Alicia la paso súper bien. No solo nos reímos de todas las tonteras que nos pasan, sino que también de nuestras limitaciones. De todo eso que podría ser considerado una tragedia.
En el documental mencionado al inicio, realizado por Agüero para la exposición en el MAVI UC, vemos uno de esos tantos momentos de risas compartidas. En menos de un minuto, el cineasta captura en Vilches (2023, 30 min) la complicidad que une a la pareja. La compañía de Alicia Vega se ha integrado de manera fluida en la vida de Vilches, complementándola con su alegría para contrarrestar la melancolía que a veces reside en la serenidad del artista.
ESPÍRITU RELACIONAL
La cruz que sostiene el Niño Jesús de Praga en el altar de la abuela Flora es una de las tantas cruces que Vilches vería durante su infancia: tras la muerte de su padre y de su hermana, el artista comenzó a acompañar a su madre al cementerio con regularidad. Manuel Vilches murió en un accidente de tránsito cuando Eduardo solo tenía cinco años. Poco después, durante el terremoto de 1939, su hermana Silvia fue aplastada por la caída de una pared junto a su cama mientras dormía.
En las visitas al cementerio, mientras su madre colocaba flores en las tumbas, Eduardo observaba detenidamente el entorno, registrando las formas que se desplegaban ante sus ojos. Las imágenes de la vegetación circundante al cementerio se anidaban en aquellas de sus paseos de fin de semana, momentos preciados de alegría para un niño cuya vida había sido marcada por la tragedia. La naturaleza se convirtió en su refugio y así lo plasmó en numerosos dibujos bosquejos a lápiz que años más tarde traspasaría del papel a la madera, transformándolos en xilografías.
La cruz del Niño Jesús de Praga se puede ver en un extremo de La máquina, y en otros grabados como Guerrero, Pagoda, Su Excelencia y Portal. Vilches aclara que su fascinación por las cruces no tiene relación con su catolicismo. Para él, la religión no se limita a ser una filosofía dogmática, sino más bien una forma de relacionarse con los demás.
Quizás este sea uno de los conceptos más esenciales para comprender la estética de Eduardo Vilches: un interés relacional que se aplica tanto a las conexiones humanas como a la interacción de las figuras en el espacio. En sus grabados, las formas interactúan mediante dinámicas de contraste, combinando colores, tamaños y formas de manera complementaria.
Las figuras resultan evocadoras, con un potencial narrativo que se alinea con el origen etimológico de la palabra ‘relación’, interpretada como ‘acción y efecto de llevar algo otra vez’. Mediante los títulos de sus grabados, Vilches nos libera de la ansiedad de la abstracción al ofrecernos personajes, elementos o lugares familiares. El propio artista ‘bautizaba’ sus obras una vez terminadas, basándose en los recuerdos que le evocaban. Nombres como Cordillera, Torero y Pájaros remiten a algo concreto, pero a la vez general (un paisaje, un animal). Esto, ante la imagen sintética, casi sugerida, brinda al espectador la libertad suficiente para elaborar una lectura independiente.
Los espacios de libertad narrativa tienen su correlato visual en las imágenes de la serie de 1965, cuyos fragmentos se presentan como una especie de puzzle. Las figuras con segmentos ahuecados se complementan con las formas aledañas, revelando la estructura de la matriz utilizada. En algunas de sus obras, el negro contrasta con el blanco, rellenando los vacíos dejados por este, mientras que en otras se convierte en el vacío mismo, adquiriendo una función múltiple caracterizada por su complementariedad.
En 1974, esta característica se hace aún más evidente con la integración de un tercer color al juego de interacciones: el azul. Esta añadidura no es solo estética, sino que también actúa como una manifestación cromática de la dimensión espiritual del ser humano.
— Cuando el punto es blanco en un rostro negro, eso para mí es un agujero, pero cuando el punto es azul dentro de una forma oscura, no es la herida dejada por un balazo, sino que es algo tangible, pero al mismo tiempo liviano. Es como el punto vital.
Para Eduardo Vilches, el color es algo subjetivo. Sin embargo, en la serie de 1974, designa significados específicos: el negro representa la muerte, el blanco la vida y el azul la esperanza. Una esperanza especialmente necesaria en un ambiente post-golpe, la misma que da origen a obras como Manos II. Aquí, Vilches reemplaza la representación de la naturaleza por el gesto de dibujar el contorno de sus manos y su rostro, buscando una nueva forma de expresar la corporalidad humana.
Si bien el año 1974 marcó el inicio de la operación de calco, la figura humana ya había aparecido previamente en las obras de Vilches, colándose en forma de piernas. Extremidades que forman una especie de calendario gráfico del mes de abril (7 de abril, 19 de abril, 11 de abril…) Piernas en movimiento, cuyo dinamismo transmite la sensación de una marcha ciudadana, eventos a los cuales Vilches asistió en múltiples ocasiones junto a su hijo.
Tal como en 1970 captó la energía emanada por la esperanza de cambio, para 1973 Vilches buscó graficar la inquietud del ambiente en La constante amenaza. En esta serie, la figura humana aparece más prominente que nunca, con el encuadre construido desde un plano medio que integra el cuello y el torso de los personajes representados. Cada grabado expuesto en el MAVI presenta a dos personas dentro del marco, individuos de identidad desconocida siendo atravesados por franjas diagonales.
Las líneas crean un vacío en la superficie que opera como signo de cancelación e insinúa un quiebre identitario. Líneas severas que imponen un orden, bloquean y censuran de manera implacable en su intento por aniquilar la humanidad. La fuerza colectiva se sugiere mediante la proximidad corporal que emerge desde una base compartida.
Por razones evidentes, las imágenes no fueron difundidas hasta mucho tiempo después de haber sido terminadas, cuando la dictadura ya se había calmado, o al menos cuando brota una normalidad aparente y frágil, enraizada en un ambiente de vigilancia. En la década de los 80, el taller de grabado de Vilches era visto con sospecha por parte de las autoridades. Allí, los estudiantes de la Universidad Católica se atrevieron a experimentar y subvertir los procedimientos formales del grabado.
Basándose en los conceptos de matriz, soporte y copia, un grupo de alumnos comenzó a ampliar los límites de las producciones artísticas tradicionalmente consideradas grabados. Reinterpretando los procedimientos clásicos y ampliando los horizontes de la práctica, estos estudiantes se sumergieron en un ambiente de renovación. La única exigencia de Vilches para sus alumnos era que mantuvieran los elementos fundamentales del grabado; lo demás quedaba a su libre disposición. De este modo, a través de su curso de grabado, Vilches creó un espacio de libertad en medio de un entorno opresivo.
Las clases de grabado de Eduardo Vilches se configuraban como un espacio de resistencia sutil, enraizado en una actitud rebelde pero discreta, que no operaba desde el conflicto sino que fomentando el cuestionamiento. Esta actitud, característica de Vilches, trascendió la docencia convirtiéndose en una manifestación de su arte. Sus grabados reflejan el poder de una filosofía austera capaz de impactar mediante la simpleza, integrándose en el silencio, sin interrumpirlo.
Para el cierre de la muestra Eduardo Vilches. Grabados (1960 – 1974) se ha organizado la presentación del libro Eduardo Vilches. Fotografías, publicado por Ediciones UC. El lanzamiento tendrá lugar el 6 de julio a las 12:00 horas en el MAVI UC.
El evento contará con la presencia de Ignacio Sánchez, presidente de la Fundación MAVI UC y Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Alejandra Bendel, directora de la Escuela de Arte UC, y Eduardo Vilches, quien estará firmando ejemplares del libro.
Esta publicación forma parte del proyecto Patrimonio Eduardo Vilches, iniciado en 2022, que incluyó además la impresión de las obras del artista y la organización de esta exposición.