Por Victoria Abaroa
No recuerdo en qué momento me obsesioné con la pintura del perro de Goya, pero estoy segura de que no fue amor a primera vista.
Quizás comenzó con la visita a una instalación de Phillippe Parreno en el Caixaforum de Barcelona. La Quinta del Sordo evocaba la finca a las afueras de Madrid donde el artista Francisco de Goya pasó sus últimos años en España, antes del exilio y donde realizó sus famosas pinturas negras. A partir de 1978, luego de que la propiedad fuera vendida por el nieto de Goya, estas fueron arrancadas de las paredes. Si bien la intención inicial del comprador fue venderlas en la Exposición Universal de París, la ausencia de compradores impulsó que estas fueran donadas al Museo del Prado, donde se exhiben actualmente.
Recuerdo que salí de la habitación del Caixaforum tan pronto como entré. Una imagen perturbadora me había impulsado a salir apresuradamente, sin que siquiera llegara a comprender el espacio de la videoinstalación. Había contemplado las pinturas negras en el Museo del Prado seis meses atrás, con muchísimo interés. El artista chileno, Víctor Castillo me había comentado que la serie del maestro español había cambiado su concepción de la pintura por completo, pasando de verla como un medio para hablar de algo a comprenderla como un lenguaje en sí mismo. Las pinturas negras me intrigaron profundamente, pero la visita al Museo del Prado en su totalidad fue tan estimulante que las pinturas de Goya no alcanzaron a impregnarse en mi memoria.
Meses después, gracias a la instalación de Parreno, volví a mirar las pinturas negras a través de una pantalla. El video subordina la percepción al ritmo del montaje, presentando cada uno fragmento a fragmento. En la pieza audiovisual de 38 minutos, cada imagen tiene una proyección de al menos 45 segundos, lo que me permitió percatarme de detalles en los que no alcancé a reparar durante mi visita al museo. Tras el segundo visionado de La Quinta del Sordo descubrí que la pintura que me asustó en primera instancia fue el personaje con turbante en la pintura Las Parcas, una de las obras con mayor tiempo de aparición en la pieza.
El video continuaba con acercamientos a cada una de las pinturas hasta llegar a la del Perro semihundido, la última pintura que se mostraba antes de un largo plano general de la esquina en la que se encuentra la ex Quinta del Sordo en la actualidad. Ver al perro en pantalla me recordó la extrañeza que sentí al topármelo en la sala del museo. Allí la pintura parecía independizarse de su ambiente perverso para instalar(se) (en) un espacio de ternura desolada: una especie de oxímoron pictórico en el que la figura de un guardián titubeante se asoma por entre un misterioso espacio vacío.
Aún sentada en la sala del Caixaforum tras el fin del video de Parreno recordé que después de salir del Museo del Prado, mientras pasaba por la tienda de regalos, encontré un libro pequeño acerca del Perro de Goya que hojeé rápidamente. Aunque se trataba de un ensayo breve, no dejaba de parecerme impresionante estar ante un libro completo que tratara acerca de una sola obra.
Tras ver la instalación de Parreno sentí la necesidad de leer el ensayo, pero sabía que conseguirlo sería prácticamente imposible. Por supuesto que lo encontré en la página web de la librería del Prado, pero en ese momento me encontraba en Barcelona, por lo que me puse a buscar tiendas donde lo pudiera conseguir. Google me iluminó con la existencia de un ejemplar en la biblioteca de la Universidad Pompeu Fabra por lo que comencé a hacer las gestiones para conseguir el libro. De entre todos los datos e interpretaciones que aporta el libro recuerdo dos de manera patente: una es que las pinturas negras son quizás el único ejemplo en la historia del arte de pinturas que hayan sido realizadas por un artista para sí mismo.
Las Pinturas Negras son hoy una de las mayores atracciones del Museo del Prado. Sin embargo, su origen en un domicilio privado, lejos de la urbe y en el contexto de la senectud y el aislamiento del artista, evidencia que no fueron concebidas para la exhibición pública. Según Antonio Saura, autor del ensayo El perro de Goya, esto se manifiesta en la libertad con la que Goya realizó las pinturas, que a diferencia de los grabados, son mucho menos directas y albergan un gran porcentaje de misterio, aspecto que se intensifica en la pintura del perro, e incrementa con la enorme porción de ocredad indefinida.
Tanto el abismo insondable como el perro en sí mismo han tenido muchas interpretaciones, incluyendo la lectura de que el perro representa al artista en sí mismo. A fin de cuentas, cómo observa Antonio Saura, en el ambiente demoníaco de las pinturas negras el perro emerge como la presencia más humana de todas.
Considero que este aspecto destaca aún más al desplegarse cerca de Saturno devorando a su hijo, cuyos ojos desenfrenados contrastan con los del perro. Además de que Saturno es representado con pupilas negras sobre un globo ocular blanco (el Ying Yang invertido de la mirada del perro), sus cuencos desorbitados descordan una mirada frenética. El perro, en cambio, exhibe una mirada de quietud y recogimiento. En directa contraposición a la barbarie del dios, la actitud del perro roza la parálisis.
Pensé en mi generación, jóvenes de entre 18 y 40 frente a un camino de aspiraciones clausurado de antemano.
Para Hartmut Rosa, la vida moderna está marcada por una aceleración constante. En este escenario, la velocidad de los avances tecnológicos termina por desbordar al individuo, produciendo una profunda incertidumbre. Jóvenes que estudian carreras sin campo laboral se convierten en personas hiper cualificadas que terminan resignándose a trabajar en cualquier cosa que les permita pagar las cuentas.
Según un estudio llevado a cabo por el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, publicado en agosto de 2025, esto es particularmente común en los grados de Historia del Arte, en el que el desempleo no supera el 3%. Esta cifra es incluso menor a la de los científicos de datos, cuyo desempleo duplica a la de los historiadores del arte (6.1%). Sin embargo, la realidad es más compleja de lo que parece, y la mayoría de ellos se desempeña en trabajos que no tienen relación con aquello que estudiaron.
Al final del día, el aparente mundo de oportunidades orquestado por el capitalismo no es más que una ilusión para la mayoría de las personas, desde quienes no tuvieron la oportunidad de educarse hasta aquellas que no están dispuestas a transar su salud mental por un sueldo decente. ¿Qué hacer ante este abismo de incertidumbre? No tengo una respuesta. Tal vez no nos quede nada más que mirar hacia lo lejos esperando un milagro. Soñar una revolución. Tratar de cambiar el mundo. Conscientes de que la aparente irrelevancia de nuestros actos podría resignificar este vacío sofocante.
Periodista cultural